Debemos ser más conscientes de nuestros sesgos cognitivos para evitar ser víctimas de ellos
Desde que tengo memoria, siempre he sido un hombre que no pelea contra la razón. Cuando la evidencia o los argumentos lógicos me demuestran que estoy en un error, lo acepto y corrijo inmediatamente. Cada vez que me pasa, lejos de sentirme avergonzado o perdedor en una discusión, por el contrario me da una sensación de bienestar el saber que he superado un error de juicio, aunque lleve mucho tiempo inmerso en él, y también de agradecimiento hacia quien me ha ayudado a salir del hueco. Esta actitud que siempre ha sido natural en mi, con el transcurrir del tiempo se ha vuelto un proceso cada vez más consciente y deliberado, en la medida en que he podido estudiar un poco la psicología humana y los sesgos cognitivos que están presentes en nuestras mentes en los procesos de toma de decisiones.
Autores como Daniel Kahneman, psicólogo ganador del Nobel de economía que con sus hallazgos desafió el supuesto de racionalidad humana que prevalece en la teoría económica moderna, o el inversionista y pensador Charlie Munger, quien con su magistral ensayo «The Psichology of Human Misjudgment» demostró cómo los sesgos cognitivos están presentes en nuestra mente y el peligro de no reconocerlos, me han convertido en alguien que está muy alerta y consciente de estos sesgos para evitar ser víctima de ellos. Por supuesto, no soy infalible a caer en ellos, pero por lo menos estoy alerta para tratar de no hacerlo.
Los sesgos cognitivos son atajos mentales que evolucionaron en nuestro cerebro para permitir simplificar la toma de decisiones, ahorrando recursos cognitivos, lo que se traduce en menos energía y tiempo para tomar una decisión. Funcionan bien para la toma de decisiones que requieren inmediatez. Por ejemplo, si haces parte de una manada de humanos primitivos en las planicies africanas de hace unas docenas de miles de años y ves que toda la manada empieza repentinamente a correr, más te vale que te pongas a correr tu también sin pensarlo dos veces. Este es un sesgo llamado efecto rebaño, que funciona bien para este ejemplo, pero es el mismo que lleva a las personas a vender o comprar una acción de una empresa cualquiera solo porque todos lo están haciendo, sin mediar un proceso racional o lógico que lleve a una decisión que debería tomarse con base en el análisis de los datos y el valor intrínseco de la compañía.
Otro de mis sesgos favoritos es el sesgo de confirmación, el cual lleva a las personas a buscar, interpretar y recordar información que confirma sus creencias, expectativas o hipótesis previas, mientras ignoran, minimizan o descartan los datos que las contradicen. Por ejemplo, si yo llegara a ser víctima de una calamidad trágica, con toda seguridad que muchos de mis amigos y allegados, sabiendo que soy ateo, atribuirán la causa de mi tragedia inequívocamente a un castigo divino por mi ateísmo, y yo me convertiría para ellos en una «evidencia» fehaciente de que dios no solo existe sino que castiga con severidad a sus hijos infieles, ignorando de paso la incómoda información de todos los casos conocidos de fieles creyentes que también hayan sufrido tragedias iguales o peores que la mía, simplemente porque esas tragedias no validan su creencia.
Este sesgo también explica en buena parte el comportamiento de los seguidores de los líderes políticos más carismáticos y autoritarios. Por ejemplo, un colombiano que se considere petrista adherirá a cualquier explicación, por inverosímil que esta sea, que el Presidente ofrezca para justificar cualquiera de los muchos escándalos que sacuden a su gobierno cada semana (recuerden «es que yo no lo crié») e ignorarán las evidencias que demuestran la corrupción que lo carcome porque han decidido de antemano creer en su líder, no en las evidencias. De la misma manera (y para ser imparcial con mis lectores), un seguidor del expresidente Uribe considerará que las múltiples investigaciones que la justicia tiene en contra del exmandatario son producto de una persecución política, desestimando las sólidas evidencias con que cuentan muchos de esos casos, y se aferrarán solo a las victorias legales como muestra de que su mesías es un hombre honorable, pues han decidido de antemano creer en la persona en vez de creer en la evidencia y la razón.
La presencia de estos sesgos en nuestras mentes es la que impide que se puedan tener discusiones racionales sobre el futuro de un país, o de cualquier institución, y nos lleva a defender a las personas o posiciones equivocadas, a pesar de que den sólidas muestras de no ser dignas de nuestra admiración. El efecto rebaño y el efecto de arrastre también llevan a las personas a tomar partido e identificarse con un grupo específico, por ejemplo la izquierda o la derecha, que están muy de moda en estos días, y hace que las posiciones se radicalicen aun más, pues las personas tienden a ver a los que no están en su grupo de identidad como enemigos a los que hay que combatir con ferocidad y esto ha llevado a la polarización que actualmente vivimos no solo en Colombia sino en muchos países de todo el orbe.
Es una desgracia que tantos millones de personas educadas, nobles, trabajadoras, que tienen en común el deseo de bienestar para su país y para la sociedad en general, terminen siendo víctimas de sus sesgos cognitivos y se estén peleando todo el tiempo como perros y gatos en defensa de líderes que no merecen el respeto ni la credibilidad que tienen. Ojalá las personas fueran más conscientes de que no hay que pelear contra la razón y la evidencia. Lo que está mal hecho, está mal hecho aunque venga de alguien que creemos que no hace cosas malas. Por favor más razón y menos corazón.
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